Con el mensaje de texto de mi terapeuta fuè con el que me separé

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Pensé que mi terapeuta me diría que deje a un lado mi teléfono y tenga una interacción “real”, cara a cara. A decir verdad, me sentí avergonzada por tener esa conversación por mensajes de texto.

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Cuando esperas una semana entera el mensaje de texto que decidirá el destino de tu relación, el mejor lugar para recibirlo es en la sala de espera de tu terapeuta. Cuando el mensaje de T apareció en la pantalla de mi celular, me llené de alivio. Sabía que terminaría hecha un desastre y entraría en pánico sin importar su contenido, así que el hecho de que llegara justo antes de entrar a ver a Bridgette, quien fue mi consejera durante todo este tórrido romance, pareció un acto del destino.

Un poco de contexto: él tenía 40 años y estaba en una relación seria y monógama. Yo tenía 21 y era dolorosamente soltera. Nuestra atracción fue intensa; aunque sabíamos que estaba mal, mantuvimos un romance intermitente durante cuatro meses. Se formó un patrón: después de un encuentro apasionado, él me decía que deseaba algo serio conmigo, pero luego me enviaba un mensaje de texto que decía “No puedo hacer esto. Igual me gustaría que nos veamos para hablar”. Nos veíamos. Teníamos otro encuentro apasionado. Y el ciclo comenzaba de nuevo.

No planeé ser su amante. Sabía que mi posición no era la más ética, pero amba a T; de hecho, es la única persona a la que le dije “Te amo” en un contexto romántico. Sabía que no me convenía tener una relación con él; era infiel, y demasiado viejo para mí. En lugar de alejarme, bajé demasiado mis estándares: ¿Qué tal un amorío casual?

Pero la naturaleza intermitente de nuestra relación me volvía loca. No sé si pasé tanto tiempo concentrada en pensar en otro ser humano como lo hice mientras salía con T. Me deleitaban los pocos momentos de alivio en los que no flotaba en algún rincón de mi mente. Vivía mi vida como si él me estuviera observando todo el tiempo; en cada cosa que hacía, pensaba ¿Qué haría T si estuviera aquí?

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Leí su mensaje de texto una y otra vez hasta que finalmente Bridgette me llamó a su oficina. “T me envió un mensaje”, le dije en cuanto me senté.

Bridgette suspiró, compasiva. “¿Qué dijo?”

“Volví a casa este fin de semana y tuve un poco de tiempo para pensar. Quiero que mantengamos nuestra relación libre y platónica”, leí con la voz temblorosa. “A la larga será para mejor, debo aprender a controlarme y creo que le debo a mi pareja poder resolver mis problemas antes que seguir actuando así. Reunámonos la semana que viene para charlar al respecto”.

Fue la primera vez que leí en voz alta un mensaje de texto para Bridgette. En otras ocasiones, me concentré en resumir mis intercambios de texto en lugar de leerlos al pie de la letra. No quería parecer que estaba totalmente absorbida en mi iPhone y alejada del mundo “real”, más interesada en lo digital que en lo tangible.

Pensé que me diría que deje de lado el teléfono y tenga una conversación cara a cara.

Pensé que mi problema era mi adicción al teléfono. Leí varias columnas de opinión en las que generaciones anteriores despotricaban contra nuestra adicción a las pantallas, las selfies y los mensajes de texto, decían que mi generación es el grupo más narcisita de la historia y que perdimos nuestra habilidad de comunicarnos apropiadamente. Asumí que Bridgette, que recién pasa los 50 años, pensaba igual. Siempre me corregía:

“Hablé con él”.

“No, le escribiste”.

Así que evitaba decirle a mi terapeuta el medio a través del cual me comunicaba (pobremente) con amigos, hombres y padres. No le mentía sobre mis canales de comunicación, pero me esforzaba en no mencionarlos. Pero una vez que rompí el hielo y comencé a hablar de mensajes de texto, DMs, likes pasivos-agresivos en Instagram a la madrugada, fue genial. Mi terapeuta es genial escribiendo mensajes de texto.

“Ya no puedo hacer esto”, le dije a Bridgette. “No puedo seguir reuniéndome para hablar. No quiero encontrarme ni hablar”.

“Quieres un amorío real”, respondió. “Él no puede darte eso”.

“Tengo que terminar con él ya mismo. ¿Qué le digo?”

Con la ayuda de Bridgette, construímos la respuesta perfecta. Aclaramos cómo me sentía, qué cosas quería que T sepa, y qué cosas era mejor guardármelas para mí. Bridgette me alentó a que sea directa y honesta, y remarcó que era imperativo que tengamos esta conversación por mensajes de texto, ya que en persona no podría decirle lo que necesitaba decir.

Hasta ese momento, nunca pensé que Bridgette me diría que tenga una conversación tan importante por mensaje de texto. Asumí que me diría que guarde mi teléfono y tenga una interacción “real”, en persona. A decir verdad, me avergonzó un poco conversarlo por mensaje de texto. ¿Quería decir que nuestra relación no era importante?”

Bridgette me ayudó a escribir un mensaje que transmita a T lo mucho que me importaba, pero que también dejara en claro que ya no podíamos vernos como “amigos”.

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“Hey, gracias por hacérmelo saber”, le escribí. “No me sorprende, es la tercera vez que sucede. Hay una parte de mí que quiere que nos sigamos viendo, pero para mí es importante remarcar que nuestra amistad es inherentemente romántica. Puedes ejercer tu buen juicio cuando no estamos juntos, pero parece desaparecer en cuanto nos vemos en persona. Realmente me gustas y me importas, pero ya no puedo ser parte de este ciclo. En muchos sentidos quiero seguir viéndote, así que esto es difícil para mí”.

Luego de algunos intercambios de texto con T que tenían el largo de una novela, todo terminó. Y no hubiera podido lograrlo sin la ayuda de Bridgette.

“Con ese mensaje estableciste un límite”, me explicó por teléfono Michele Kabas, una trabajadora social licenciada. (En lugar de hacer la entrevista por mail, me pidió que la llamara: “Prefiero hablar. Soy terapeuta”.) “De esa manera te resististe a la manipulación. Fue una manera de decir ‘No, no voy a entrar en eso otra vez’. En el pasado las personas se escribían cartas cuando sentían que no podrían hablar o que estarían demasiado vulnerables al decir algo en persona. Este caso no es tan distinto”.

Las redes sociales no cambiaron la naturaleza de nuestros problemas; simplemente nos dieron más canales para expresarnos.

Las redes sociales no cambiaron la naturaleza de nuestros problemas; simplemente nos dieron más canales para expresarnos, y vías de comunicación más rápidas.

“Creo que la gente puede ser compulsiva por montones de cosas, incluídas las redes sociales”, me escribió la psicóloga Keely Kolmes. “Pero creo que siempre se llega a un problema diagnosticable que se puede tratar, como ansiedad, depresión u otros trastornos”.

Recordé esto durante nuestra última sesión, cuando hablé con Bridgette sobre Twitter. La realidad es que las redes sociales juegan un rol vital en cada aspecto de mi vida: todo el tiempo conozco amigos, me encuentro con amantes y consigo trabajo a través de Twitter. Le expresé mi preocupación de no poder controlar mi impulso de escribir cien tweets por día. Aunque Bridgette comprende que Twitter es una parte importante de mi vida, también sabe que lo uso como un modo de disociarme y procrastinar. Me dio algunas estrategias para combatir lo que llamo el “agujero negro de Twitter”.

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Lo que me sorprendió fue lo atemporal de su consejo: usar Twitter en períodos de 20 minutos, usar Twitter como recompensa por terminar un artículo, escribir mis ideas para tweets en un documento en mi computadora en lugar de publicarlos directamente. Bridgette me dio consejos para ejercitar autocontrol, consejos que también pueden aplicarse en problemas no digitales.

Sin embargo, no todos los terapeutas comparten la perspectiva de Kolmes y Kabas. C, de 21 años, sufre de trastorno obsesivo compulsivo (TOC). Cuando era más joven, se manifestaba de maneras más comunes: Se lavaba las manos una y otra vez, y cumplía una estricta rutina de limpieza. A medida que creció, estos comportamientos desaparecieron, y su TOC comenzó a manifestarse en las redes sociales.

Su ex novio tenía mucha presencia en redes sociales, y rompieron cuando ella descubrió a través de Facebook que él la engañaba.

“Me obsesioné con la idea de que encontraría otras personas con las que me engañó”, me explicó C a través del chat de Facebook. “Me obsesionaba la idea de que la información estuviera ahí, en algún lado, a través de varias personas, y mi terapeuta no lo comprendía”.

Su terapeuta le aconsejó que dejase de seguir a ciertas personas, o que diera de baja sus cuentas. Ella no entendía la incapacidad de C para hacerlo. “Para mí era excitante encontrar algo (de mi ex), y el proceso se convirtió en una rutina”, dijo.

Con el tiempo, C dejó a su terapeuta y encontró alguien que comprendía mejor las redes sociales, que entendía que C no podía simplemente desconectarse.

“Sería absurdo que un terapeuta le dijera a otro cliente con un TOC ‘deja de lavarte las manos todo el tiempo’ me explicó por mensaje de texto N, que estudia para ser trabajadora social en la escuela Luskin de asuntos públicos de la UCLA. “Lavarse las manos es una actividad diaria que en sí misma no es problemática, sólo se convierte en un problema cuando se la lleva a un exceso. Pasa lo mismo con las redes sociales”.

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El medio es y no es el mensaje. En su famoso ensayo de 1964, Marshall McLuhan escribe: “El ‘mensaje’ de cualquier medio o tecnología es el cambio de escala, ritmo o patrón que introduce en los asuntos humanos”. Las redes sociales son nuevos vehículos a través de los cuales expresamos antiguas neurosis, nos comunicamos e interpretamos a los demás.

Las personas a las que entrevisté para este artículo me dijeron que aunque sus terapeutas no comprendan los mecanismos de las redes sociales, igual pueden tratar sus problemas, ya que en el fondo no se trata de las redes sociales. El problema de C era su TOC; su terapeuta debe detectar eso y resolver cómo lidiar con su problema en la era de las redes sociales.

Pregunté a Kolmes de qué modo pensaba que las redes sociales cambiaron la naturaleza de la comunicación interpresonal. Me dijo que sus pacientes “olvidan que son imágenes mediatizadas de la vida de una persona, construídas socialmente según el modo en que quieren que los vean los demás.

El mensaje de texto que envié a T, el que escribí junto a Bridgette, fue una versión cuidadosamente editada de mis sentimientos. Puede que haya leído mi mejor versión, la más racional, la que pudo alejarse del primer hombre que amó cuando se convirtió en algo tóxico para ambos.

La era digital transformó el ritmo de la comunicación y la manera en la que nos mostramos a nosotros mismos. Pero después de todo, operamos nuestras computadoras y teléfonos; el medio, como siempre, somos nosotros.

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