La civilización en mi coño

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La civilización

Entra en mí porque ya me ha hecho sexo mental, ahora sólo es cuestión de cambiarlo de estado gaseoso a líquido. Sus preguntas fueron punzantes y juguetonas; dictadas desde su misma polla.

Adiós camiseta roja. Desnudo parece un hombre de zancada corta, de movimiento de marsupial.

Pero su cuerpo pequeño empieza a moverse como un pez enérgico por mis entrañas. Me percute con su increíble cabeza, con una energía que vive condensada en una figura diferente a las que estoy acostumbrada. Es de talla pequeña, de mi talla, me atrevería a decir.

Me besa como se besa el infinito, me pasa la lengua por el cuerpo de una manera extraordinaria, intuyendo que detrás de mi piel se esconde una ciudad virgen, o tal vez una civilización entera.

Mueve con agitación esas piernas blancas, y una grúa de carne que entra en mi caverna.

A ver… ¿Qué tenemos por aquí?, pregunta.

Le respondo como una guía turística: dentro de este coño tibio está la pasión del planeta y todos sus reinos: el animal, el vegetal y hasta el mineral, porque ahí se encontraban dos piedras preciosas que fueron expulsadas en abril y julio de diferentes años. En mi cuerpo caben todos los secretos. Así que te invito a que guardes el tuyo.

Lo físico es una ilusión. El dolor inicial de tener un pene de quince centímetros que se diluye con un par de gemidos, pero en ese instante soy la intérprete de la entrega de la humanidad. Me encuentro a mí misma recibiendo el amor entre razas, el perdón de cuerpos, la reconciliación final entre el hombre y la mujer, el estado de conciencia humano, el amor de los terrestres por los aliens, el verdadero final de Elvis.

Y después de entrar y de probar la extensión de mi agujero negro, él se transforma porque lo entiende todo, porque su mente es un compendio de millones de mentes. Mi verdad le ha sido revelada. Entrar en mí es hacer yoga, entrenarse para un maratón, ponerse en los huevos de Tarzán, convertirse en lobo, dejarse llevar por la danza de un agujero estrecho en el que todo se introduce y se guarda en un museo, beber de un pozo de manantial inagotable porque soy de las de la hermandad de la sidrería down under.

Lo irresistible de este ser está ubicado en un chorro de alma que se le escapa cuando baila en mi cuerpo, en un chorro de humanidad que se le escurre cuando entra en mí con una sonda universal, porque en mi vagina entran cerebros, coches, sueños, pañuelos, textos, gritos y lenguas. Entra él y lo que le ha dejado su madre y su abuelo; entra su vecino y su amigo que se le murió en un accidente de moto; entra su hijo y entra su ex mujer, con su amante y sus veintinueve novios rubios.

Me sorprende la potencia con la que me penetra, contiene la fuerza de diez hombres en uno, y en cada empellón me anuncia titulares nuevos, porque en la cama es de la cofradía de los narradores deportivos. Vocifera, explica y comenta todo lo que ocurre. Me bebo tu pasión, puta mía, y al digerirla te empiezo a poseer entera, tu carne, tu verbo, tu agua apasionada que has guardado en la presa de tu útero magistral. Agua que fabrica toda tu civilización vaginal.

Su alma es un taladro atravesando mi espíritu. Pero está claro que soy un espíritu libre, un espíritu amante en busca de levitación. Para mí el sexo es un portal hacia la conexión con el putísimo universo.

Cuando poseo a un hombre, se me funden presente y futuro; así me vuelvo dama y cuerpo de todos los cuerpos. Me disocio, me disloco y lo leo todo. Follar conmigo es como follar con el quinto elemento. No te libras de la locura posterior.

Mi cuerpo en ese momento es un diccionario de la pasión:

Lame, gime, grita, recita, escupe, suda, se hiperventila, se mueve, da saltos, se moja, estalla, enciende sirenas, vuelca ojos, se dobla, se cuece por dentro y se desdobla, dejándome allí, dentro de una piel en combustión con todo lo eterno.

Después del orgasmo mi civilización sin tiempo se despierta, se levanta y camina. Cada uno de mis habitantes vaginales permanece con los pezones duros, extasiado de tanta belleza. Un chorro de semen se vacía dentro, y ellos, con vasos y cucharitas, lo recogen para llevarlo al museo de la vida, un centro cultural donde guardan el semen de cada uno de mis amantes.

Hoy han colgado la muestra y han escrito: Simiente del hombre de talla media que nos hizo sexo mental.

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